El camino es hacia dentro

Huí de Madrid. Huí de las prisas, del ruido, de la rutina, de mis dependencias, del exceso de planes, de la contaminación física y psicológica, del estrés, de la política… Huí de mi vida durante unos días por que mi cabeza y mi cuerpo me pedían respirar.

Una semana de antelación. Una mochila prestada, calcetines anti ampollas, vaselina, linterna, tapones (¡gracias!) y un saco sin estrenar. Y así me fui, sola. Bueno, sola no… Conmigo. Y con la menstruación, siempre oportuna ella… Y los nervios propios de quien inicia una aventura, sumado a los nervios y miedos de personas cercanas que se preocupan por ti…

Sin embargo esta vez, la necesidad de salir de mi zona de confort, de descubrirme a mi misma y de rodearme de verde… eran imposibles de frenar. Además, conocía la historia de muchas mujeres que lo habían hecho y disfrutado de una gran experiencia, ¿por qué yo no?

Así comencé mi camino de Santiago. Un camino mucho menos solitario de lo esperado, pues, al final de la primera etapa, ya casi me había echado familia…

Con Cris, la primera peregrina con la que entablé algo más que un “buen camino”, compartía los ronquidos de la primera noche de albergue y un spray anti violadores que su padre le había hecho comprar (en mi caso ya lo tenía de antes…).

 

 

 

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