¿El camino es hacia adentro?

Huí de Madrid. Huí de las prisas, del ruido, de la rutina, de mis dependencias, del exceso de planes, de la contaminación física y psicológica, del estrés, de la política… Huí de mi vida durante unos días por que mi cabeza y mi cuerpo me pedían respirar.

Una semana de antelación. Una mochila prestada, calcetines anti ampollas, vaselina, linterna, tapones (¡gracias!) y un saco sin estrenar. Y así me fui, sola. Bueno, sola no… Conmigo. Y con la menstruación, siempre oportuna ella… Y los nervios propios de quien inicia una aventura, sumado a los nervios y miedos de personas cercanas que se preocupan por ti…

Así comencé mi camino de Santiago. He de reconocer que un camino mucho menos solitario e introspectivo de lo que esperaba… Pero la vida es así, y el tito Santi quiso que al cabo de unas pocas flechas amarilla conociera a Cris. 

Camino de Santiago 2019-12Ella fue la primera peregrina con la que entablé algo más que un “buen camino”. Compartía los ronquidos de la primera noche de albergue y un spray anti violadores que su padre le había hecho comprar (en mi caso ya lo tenía de antes…).

Por lo diferentes que somos, creo que de no haber sido en esas circunstancias, jamás hubiéramos entablado conversación, y mucho menos amistad… Pero es curioso como te abres es estas situaciones y la facilidad con la que conectas con personas tan diferentes y totalmente desconocidas, llegando a compartir en pocas horas partes de ti que ni siquiera tú conocías.  

A ella se había sumado Jorge. Otro caminante solitario con el que había coincidido en el avión desde Valencia, de donde ambxs venían. El era todo lo callado que no era Cristina, pero igual de buena gente. Y a medida que esa primera etapa acababa, con los primeros dolores que nos acompañarían el resto del viaje, ya pude intuir que iban a ser parte de mi familia durante el camino. 

A pesar del buen rollo, me propuse no cambiar mis planes e ir al albergue municipal del pueblo en vez de al privado que ellxs ya habían reservado. Todavía quería preservar algo de soledad en “mi viaje introspectivo” y vivir la bonita y auténtica experiencia de compartir habitación con otras 30 personas (roncadores profesiones incluidos…).

No sabía donde me estaba metiendo cuando elegí al azar una de las literas superiores… Debajo habitaba Rubén. Y no sé lo que fue, pero desde el segundo 1 supe nos íbamos a llevar bien.

 

 

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