Medicina tradicional indígena

El derecho a la salud y al buen vivir frente a la crisis climática
Representantes de la Minga Indígena durante la manifestación por el clima del 6D

Con motivo de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, viajaron a Madrid 51 autoridades tradicionales de diferentes pueblos originarios que conformaban la Minga Indígena COP25. En representación de colectivos, organizaciones y comunidades indígenas de todo el mundo, alzaron sus voces como protectores de la vida para visibilizar la situación de sus pueblos y territorios frente a la crisis climática. 

En esos días compartieron sus conocimientos en diferentes actos y ponencias, y presentaron una Carta Climática ante los dirigentes de la COP en la que se proponían, entre otras medidas: el fin de la persecución y la violencia contra líderes indígenas, o el rechazo a la mercantilización de la naturaleza y el extractivismo. También se pedía el diseño y adopción de  medidas realistas para proteger a la Madre Tierra, siendo ésta reconocida y declarada como un ser vivo sujeto de derechos.

Asisto al acto de presentación de la Minga en la Cumbre Social por el Clima, organizada paralelamente a la COP25 por diferentes entidades como Greenpeace o Ecologistas en Acción, entre otras. También a la conferencia sobre medicina tradicional indígena en la que, mujeres ligadas a la salud de diversas naciones originarias, abrieron un enriquecedor espacio de debate y reflexión acerca del “derecho al buen vivir y la protección de los servicios ecosistémicos frente al cambio climático”. Estos son algunos de las conclusiones recogidas de aquellos encuentros:

En la cosmovisión indígena, la Tierra representa uno de los seres sagrados que integran el universo y que tiene la capacidad de permitir la reproducción de la vida. Por ello, los diferentes pueblos originarios han desarrollado en el tiempo una cultura de sumo respeto hacia la Tierra. Como explica Mariana Solorzano, de la Nación Zapoteca de Oaxaca (México): “Hay dos formas de ver y estar en el mundo; una es desde dentro y otra es desde fuera. Cuando lo ves desde fuera crees que eres su dueño. Cuando te asumes parte de ese mundo, lo compartes y convives con el resto de seres sagrados”.

Esta relación con la naturaleza es de gran importancia para los pueblos originarios, pues, al mismo tiempo, está directamente ligada a su espiritualidad y a su propia supervivencia a través de los alimentos tradicionales. “Partimos de una premisa -continua Mariana-, si de lo que nos alimentamos no está sano, nosotros no podemos estar sanos”. De esta misma manera, la salud también está muy vinculada al entorno y a los recursos del ecosistema a través de las medicinas sagradas.

Así lo explica Josefina Lema, mujer de medicina Hampi, en la Nación Kichwa de Otavalo (Norte de Ecuador), donde articula la labor de muchas “mamitas” y parteras, además de la lucha por la defensa de las semillas: Cuando no hay semilla, no hay medicina. Cada espacio de la naturaleza es un apoyo de vida y de energía. Por eso cuando dañan un lago, un río o un sitio sagrado, los Hampi ya no tenemos espacio ni energía para poder curar. Para nosotros es un tema muy delicado y muchos países parece que no sienten nada. Solo se preocupan de lo material”.

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En la medicina ancestral, el ser humano se concibe y se trata como un todo que integra alma, mente, cuerpo y espíritu, buscando siempre el equilibrio entre todas las partes. Su concepción de la salud es diferente a la medicina occidental; está ligada estrechamente al territorio y a las mujeres, contempla el intercambio y la regulación de fuerzas energéticas, y como señala Mariana Solorzano: “No parte de la enfermedad, sino de qué es lo que nos está enfermando”. 

Sin embargo, históricamente se les ha negado y criminalizado por practicar su espiritualidad, la sanación a través de plantas medicinales o la partería… Caren Cañajagua de la Nación Aymara (Chile), es estudiante de Enfermería e hija de un Qulliri, médico tradicional aymara. Lamenta la falta de reconocimiento y discriminación que sufre su padre en el centro de salud donde trabaja: “Le han llegado a sancionar. Muchas veces tiene miedo de expresar sus conocimientos, a pesar de incluso haber salvado varias amputaciones de pie diabético frente al diagnóstico de un doctor”.

Maria Romero, enfermera y mujer de medicina de la Nación Mapuche Pewenche (Chile) refuerza esta idea: “El conocimiento originario se ha querido minimizar haciendo entender que lo que vale es lo científico, pero en el mundo de los indígenas también desarrollamos mucho la ciencia”. Ambas coinciden en que es necesario formar a los médicos occidentales en saberes y vocabulario indígena. También poner al mismo nivel las dos medicinas, y crear puentes para que se reconozcan y protejan sus conocimientos frente al escepticismo y el olvido. 

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Apuestan por un modelo complementario que se nutra de estas prácticas basándose en un diálogo intercultural horizontal. “Si se trata de una enfermedad que requiere de una operación o un diagnóstico urgente, como con los cálculos de vesículas, nosotras lo mandamos de inmediato al hospital. Eso es para nosotros la interculturalidad y también la integración. Pero nuestros conocimientos no están entrando, siguen siendo desconocidos. Tienen que estar los dos”, señala Josefina Lema (Ecuador).

Naciones Unidas estima que la población indígena del mundo ronda los 370 millones de personas, repartidas en más de 70 países, y constituida por más de 5.000 grupos con culturas y lenguas distintas. Ellas son, y han sido históricamente, debido a su estrecha relación con la naturaleza, las primeras en sufrir las consecuencias de esta crisis ecosocial. Así lo explica Rebeca Miranda, vicegobernadora de la Nación Ngöbe (Panamá): “Nosotros no abrimos un grifo, vamos a nuestros pozos y ahí es donde vemos la realidad de lo que está sucediendo. No es fácil encontrar ya agua para todos. La gente le teme al verano”.

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Según la época del año, las sequías se alternan con inundaciones agravadas por la deforestación y fragmentación de los bosques. Los incendios, cada vez más frecuentes, suponen la pérdida de biodiversidad, tierras y recursos. A ello se suman los agresivos proyectos extractivistas de “multinacionales colonialistas”. Excluidos a menudo de los procesos de consulta cuando afectan a sus propias tierras, los indígenas son, con frecuencia, víctimas de desplazamientos forzosos.

Los pueblos originarios se enfrentan a muchas dificultades agudizadas por el cambio climático, mientras sufren desde hace siglos la violación de sus derechos como seres humanos: discriminación; marginación económica y desempleo; escasa representación política; falta de acceso a los servicios sociales… y sobre todo, la privación de su derecho a controlar su propio desarrollo en base a sus valores, cultura y necesidades. 

Como guardianes de la Pachamama, reclaman su derecho a los saberes y medicinas ancestrales en defensa del buen vivir y los servicios ecosistémicos. También a ser escuchados por los gobiernos ante el sufrimiento de tantos y tantas indígenas. Francisca Calfin, mujer de medicina de la Nación Mapuche Lafkenche (Chile), hace un llamamiento: “Desde el centro del corazón de la Madre Tierra, pido por favor, que podamos reflexionar, escucharnos, sanarnos, y poder volver a ser medicina. Con amor y respeto a nuestros antepasados y a nuestra Madre, nosotros también somos medicina”. 

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