Rostros de la precariedad

“Soy Delia Servin, de nacionalidad paraguaya. Tengo 52 años y vivo aquí en España desde hace 14, de los cuales 11 fui interna. Dejé mi país y a mis 2 hijos y me vine con la idea de darles la oportunidad de seguir estudiando. Yo en mi país era gerente de una empresa, luego abrí mi propio negocio, pero con la crisis económica se fue a quiebra… Quería seguir dándole a mis hijxs el mismo nivel de vida al que estaban acostumbrados, que pudieran seguir estudiando en las mejores escuelas. Mi hermana me dijo que viniera aquí. Mi objetivo era juntar lo suficiente en 2 años y volver a mí país. Llevo aquí 14 y no me he podido ir hasta ahora… 

Cuando una llega aquí lo primero que tiene que hacer es trabajar de interna, es de lo que más rápido encontramos. Mi hermana me consiguió trabajo con una familia. ¡Lo que me costó aceptar el cambio! De la vida que yo llevaba allá y venir aquí, trabajar en una casa sin salir, 14/16 horas sin libertad, sometida a la familia en una entrega total, cuidando a los niños mañana, tarde y noche… solo salía los domingos al medio día. No tenía vida. Y el problema principal es el miedo a los controles policiales al no tener documentación. Eso nos obligaba todavía más a quedarnos encerradas en la casa… Una esclavitud total.

A los 2 años de estar aquí, un 23 de diciembre, una de las pocas veces que salí, fui a hacer las compras de nochebuena con mi hermana y mis amigas. Al volver a casa había una redada policial en la boca del metro de Aluche pidiendo la documentación. Como no la llevábamos nos pusieron a todas en fila. Lo que más recuerdo es la gente que pasaba y decía: “Son ilegales. Vienen a robarnos el trabajo, que las expulsen”. Todas a las que detuvieron eran inmigrantes. Nos llevaron al CIE y nos ficharon e inspeccionaron como si fuéramos delincuentes antes de pasar a los calabozos. Fue lo más horrible y triste que nos pudo pasar, éramos todas empleadas, estábamos trabajando. Pero eso a ellos les daba igual. Solo les importaba que no tuviéramos la documentación. Cuando llamé a mi jefe y le dije que me habían detenido, me dijo que no se me ocurriera contar que trabajaba con ellos. Me dejaron sola.

Conseguí salir gracias al abogado de oficio, aunque a los 2 meses me llegó la orden de expulsión. Me tenía que ir del país. Mi abogado me dijo que recurriéramos y fuimos a juicio oral. A pesar de presentar toda la documentación, de no tener antecedentes y de tener una hermana con papeles, me volvieron a expulsar. Mi abogado no quiso dejarlo así y volvió a recurrir. Me llevó seis años liberarme de ese proceso. En ese lapso no salía a ninguna parte por miedo, estaba dedicada exclusivamente a mi trabajo. Y después de tanta entrega, recuerdo que tenía que operarme porque tenía miomas cancerígenos. Me dieron 2 meses de reposo pero mis jefes no lo creyeron. Me dijeron que no me iban a esperar y me sacaron del trabajo. Ni siquiera hice todo el proceso de reposo porque ya tenía compromisos con mi familia y tuve que irme a trabajar de interna en otra casa. Hasta el 2015 no conseguí mi documentación porque al tener antecedentes, nadie me quería hacer contrato de trabajo. 

Diez años tardé en poder volver a mí país para ver a mi familia. En ese tiempo mis hijos ya crecieron, tuve mis nietos, y cuando llegó el momento de ir, mi relación con mi hijo se quebró de tantos años que había tardado. Pero después de todo lo que luche para estar aquí, no podía volver con las manos vacías y no poder ayudar a mi familia…  Llevo desde esa época con psicóloga porque emocionalmente no podía más. Mi autoestima estaba por el suelo. No hablaba. Me metí en una burbuja… Después de 8 años sin apenas salir, una amiga me convenció para ir a un encuentro de trabajadoras del hogar que se reunían los fines de semana. Fue la primera vez que participaba en un grupo de mujeres y escuché que todas tenían casi el mismo problema que yo. Lo que más me ayudó fue la confianza y la relación que se fue creando entre las chicas. También había psicólogas que hacían que nos sintiéramos bien, que saliéramos, que habláramos, que nos entretuviéramos e hiciéramos cosas diferentes al trabajo.

En una de las reuniones, Carolina, presidenta de SEDOAC (Servicio Doméstico Activo), vino a dar un taller sobre derechos con un abogado. Ahí conocí lo que hacían y me interesó. Ella nos invitó, y así fue como empecé a participar en las actividades que hacían en el CETHYC (Centro de Empoderamiento de Trabajadoras del Hogar y Cuidados), hace ya 5 años. Me hacían sentir que valía y que podía mucho más de lo que creía. Después de un tiempo me invitaron a formar parte de la junta directiva. Me sentí emocionada y aunque al principio creía que no podría, al final acepté y al estar licenciada en administración, entré como tesorera del grupo. También hemos empezamos a hacer teatro social con otras compañeras. Eso me ha motivado a abrirme cada vez más. Ahora me doy cuenta del cambio que he dado”.

La historia de Delia es solo una de las cientos de miles de mujeres que como ella, vienen a España con la idea de ganar dinero para poder ayudar a sus familias. A pesar de que muchas son profesionales cualificadas, la falta de mejores oportunidades les lleva a trabajar como empleadas del hogar o de los cuidados. La mayoría empiezan como internas y apenas salen de sus casas por miedo a ser detenida en una redada policial al no tener documentación. Las duras condiciones laborales y sobre todo, el aislamiento al que acaban sometidas, se suma a la difícil separación de sus familias y una continua precariedad económica… Pero, ¿quién cuida a quién cuida?. Asociaciones como SEDOAC (Servicio Doméstico Activo) llevan años trabajando para dignificar el Empleo del Hogar y los Cuidados, además de facilitar a estas mujeres apoyo jurídico y psicológico, y un espacio para generar una importante red afectiva. En definitiva, les ofrecen las herramientas que necesitan para empoderarse y luchar por la dignificación de sus condiciones laborales.

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